jueves, noviembre 18, 2010

 

OBRA INCIVIL


Una de las instrucciones para vivir en México, como diría Jorge Ibargüengoitia, es aguantar sin hacer gestos la obra civil construida con las pezuñas. Y no se necesita ser ingeniero para notar que las construcciones siempre son una calamidad, obras edificadas para satisfacer a medias las necesidades de la población. En ellas está invertido no sólo el dinero del pueblo, sino la corrupción entre autoridades y constructores con pocos o nulos escrúpulos, un círculo a veces perfecto, a veces no tanto, que deriva en pingües cantidades de dinero mal habido para contento de unos pocos.
Doy dos ejemplos que viví recién, apenas el fin de semana, y luego paso a reflexionar los desaguisados del acueducto y el megatanque. El sábado fui al estadio y otra vez se me ocurrió tomar el camino del periférico. Hace tres o cuatro o cinco años me resigné a pensar que esa ruta no tendría jamás remedio. Nació mal, creció mal y seguirá mal hasta que nos llegue la hora del Juicio. No me considero un Emerson Fittipaldi para manejar, pero tampoco soy una tierna viejecilla de las que conducen su Altima sin importar que otros se maten; soy, digamos, un conductor estándar, atento a los señalamientos y respetuoso de la lógica que se requiere para conducir. Pues bien, en el periférico manejo como quinceañera en coche-escuela, cerquita del volante, con el fundillo en la mano, temeroso de que en cualquier momento me apachurre un Kenworth y me convierta en pizza de pepperoni con sanguaza. No exagero. Ese tramo nunca ha dejado de ser peligroso tanto por su pecado original como por las eternas obras que abren y cierran desviaciones imprevisibles cada dos o tres horas. Es, per sæcula, una obra civil disfuncional desde su nacimiento. Otro caso: hay zonas de la ciudad caracterizadas por su atmósfera pestífera. El martes pasado pasé por una de ellas. No sé qué colonia es, pero digamos, para ubicarla, que está situada exactamente al lado del famoso nudo mixteco, detrás del Parque España. No se trata de un espacio residencial, digamos, proletario, sino de un sitio con casotas de las que humillan desde la fachada. Allí hay plata, es evidente, pero de todos modos noté dos realidades vinculadas con la obra civil circundante: las carreteras lucen abominables bolas y reparaciones torpes, y todo allí huele a lo que huelen las axilas del demonio. Jijo de su Pink Floyd, qué aroma a miércoles se disfruta por ese rumbo, casi como si uno respirara a flor de cárcamo. De veras, para desmayarse. Pensé lo obvio: si así es atendida la fresez, qué se puede esperar la población que de veras vive en ámbitos marginales.
Por eso los casos del acueducto de Lerdo y del megatanque de Gómez Palacio ya no me hacen ni cosquillas. Como en otras tantas obras, sus desastres se relacionan con corrupción, con incuria, con falta de respeto por la población y hasta con delincuencia, pues como bien lo señaló Marcela Moreno en su columna de ayer, no hay culpables en ninguno de los dos casos, lo que es gravísimo pues en el acueducto lerdense hubo muertos y lesionados. Al ver la foto del megatanque El Fénix es imposible no sentir escalofrío: con mucho menos de la capacidad total de agua supuestamente tolerada por el garrafón metálico, esa obra maestra de ingeniería chúntara se desfondó y dejó caer, desde veinte metros de altura, mil metros cúbicos de agua que no mataron a alguien sólo porque dios a veces sí se apiada.
En suma, las pérdidas humanas y materiales y la incomodidad cuando las obras sí “funcionan”, son fruto de nuestra obra pública. No es por nada, pero cuando en alguna parte veo maquinaria pesada en acción elevo una plegaria y ya, por sistema, espero lo peor, nunca lo contrario.
Hoy, conferencia sobre cine y Revolución
“Reels, rifles y rifles: figuraciones revolucionarias en el cine” es el título de la conferencia que ofrecerá hoy Valdemar Ayala en el Taller de grabado El Chanate (Matamoros 539 oriente, Torreón). La cita es a las 6 de la tarde. La entrada es libre. Organizan la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Icocult. JMV





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