lunes, julio 19, 2010

 

EL ENREDO


José Santos Valdés
México es, dicen los que gustan de repetir frases hechas, un verdadero mosaico de lenguas y razas pero también lo es, agrego sin riesgo de equivocarme, de problemas. México es eso: un mosaico de problemas. Si pudiéramos dar a cada uno de ellos un color determinado obtendríamos un hermoso mosaico que, arreglado por uno de esos innatos artistas indígenas, vendría a formar una maravilla de color que sedujera a la vista y embargara el ánimo. Un problema grave para nosotros es el de la unidad nacional, por ejemplo. Si lo señalásemos con el color azul y pensáramos un poco más profundamente que lo que se acostumbra pensar cuando de unidad nacional se habla, tendríamos que no sólo se trata de que mestizos y blancos, indígenas y negros, mulatos y negroides, pobres y ricos, católicos y protestantes, ateos y deístas, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, hagamos a un lado nuestras particulares maneras de pensar y de sentir para entregarnos a una tarea común: hacer la grandeza de la Patria; que no sólo se trata de que aplacemos nuestras urgencias de grupo para trabajar estrechamente unidos en derredor de un ideal que siendo patrio debe abarcarnos a todos por entero, sino que, cuando de unidad nacional se habla, no queremos significar una simple, transitoria y finita paz entre patronos y trabajadores, por ejemplo. Cuando hablamos de unidad nacional hay algo más profundo que eso: Aunque nos llamemos “nación mexicana” todavía no somos una nacionalidad. No solamente por la diversidad de lenguas y costumbres, sino porque millones de hombres y mujeres indígenas quedan al margen de lo que llamamos nuestra vida civilizada. Los que hemos vivido en regiones de fuerte población indígena sabemos que nuestra Bandera Nacional y nuestro Himno Patrio resultan bandera e himno extranjeros para millones de hombres y mujeres a quienes, sin embargo, llamamos mexicanos. Están tan lejos de lo que para nosotros es el vivir dentro de una Nación que de la Patria sólo se alza ante ellos la figura repelente, casi siempre, de la autoridad encarnada en el policía o el juez, el Presidente Municipal o el recaudador que son, como autoridades, la expresión manifiesta de una fuerza que sirve para oprimirlos y explotarlos. A veces se invoca su religión como la más eficaz liga entre ellos y nosotros, pero nada hay más falso. El indio es católico pero católico de una manera sui-géneris. Acude a las iglesias, adora a los santo, respeta y reverencia al sacerdote, lo busca para el matrimonio, el bautizo o a la hora de la muerte y le da dinero, pero allá muy adentro, sigue llevando el peso de sus dioses muertos por la violencia y acopla su catolicismo a ese viejo tenaz sentimiento que le manda obedecer al pasado. Por otro lado, mientras la religión le habla de amor y de igualdad, frente a sus ojos, y en su carne lleva la prueba, se alza el espectáculo de todos los días: los católicos mestizos, los católicos blancos viven en otro mundo; en el mundo de la fuerza que a ellos, los católicos indios, los oprime y los explota. Por eso, para ellos, hay dos dioses católicos: uno fuerte y poderoso; el otro débil y sumiso. El débil y sumiso es el de ellos, los indios. La unidad nacional es, pues, un problema que con su color azul nos podría indicar que México es un país urgido de volverse una auténtica nacionalidad y que para ello, desechando los brutales procedimientos de los norteamericanos y los ingleses, tiene que levantar a millones de indígenas hasta los niveles de humanidad que le ha dado a los mestizos y a los blancos y que, mientras eso no suceda, México será una nacionalidad más con sentido geográfico que humano.
Podríamos recurrir al color amarillo, un amarillo violento para expresar otro problema de una gravedad extrema: el de la minería. Mientras el 97% de la riqueza minera se fugue hacia los Estados Unidos del Norte, seguiremos siendo un país subdesarrollado. No podremos hablar de una real y verdadera industrialización, industrialización que, por sí sola, constituye otro problema y que podríamos expresar recurriendo al color negro. Si algún día queremos que de la superficie patria desaparezca el color negro habremos de hacer desaparecer primero el amarillo. Sin minerales nuestros no sólo porque provengan de nuestras minas, sino porque sean beneficiados en nuestras propias fundiciones y laminadoras para convertirse en acero para máquinas, en varilla para construcciones, en tuberías para la industria petrolera, la irrigación y la salubridad de ciudades y ejidos, los dos colores violentos persistirán hiriendo la pupila de nuestros hijos, de nuestros nietos, de nuestros biznietos.
Tal vez pudiéramos con un hermoso color verde expresar la falta de tierras agrícolas de regadío y tendríamos otro problema.
Por medio del color café podríamos significar lo que para nosotros significa la falta de explotación de nuestras riquezas marinas. Deficiencia que no sólo tiene importancia por cuanto somos víctimas de sistemáticos saqueos por marinos extranjeros sino porque precisamente por falta de una explotación intensa y extensa de nuestros recursos del mar, los mexicanos somos un pueblo de hambrientos y de mal nutridos. Si con el blanco señaláramos que otro de nuestros graves problemas es el problema de la salud, entonces llegaríamos a la conclusión de que, de manera importante, el blanco seguirá sobre la superficie nacional mientras no se borraran los colores verde y café porque la total irrigación de nuestras tierras agrícolas y la científica explotación de nuestros recursos marinos habrían de significar abundancia de alimentación para todos los mexicanos y una abundante alimentación es garantía general de salud para todos los hombres.
Así, escogiendo un color para cada problema, formaríamos un mosaico que con sus colores violentos confirmaría lo que ya hemos dicho aquí: México no sólo es un mosaico de culturas, razas, lenguas, lo es también de problemas. Y entre esos problemas está el que se refiere a la educación del pueblo. Un problema que podríamos señalar por medio del color rojo, de un rojo en el que irían todas las gradaciones: rojo sangriento, solferino, rosado como el suave vino francés… Porque el problema de la educación de los mexicanos resulta, por su complejidad, una verdadera maraña en la cual, más de una vez nos hemos perdido. A veces porque hemos tenido el firme propósito de extraviarnos, a veces porque los perfiles del fenómeno se han alzado ante nosotros de manera tan múltiple y variada, que no hemos sabido qué hacer y hemos acabado cometiendo lo que podemos calificar de tonterías. El problema de la educación nacional concebido en toda su amplitud, va desde la cuna hasta la tumba en la vida de cada hombre, en la vida de cada generación. Y no es problema en el que sólo tengan que ver el filósofo y el sabio, el sacerdote y el maestro, la madre y el padre. Es un problema en el que participan de manera directa la calle, la cantina y el teatro; el periódico, el cine, la iglesia y la radio; el hogar y las tiendas y todo cuanto rodea al hombre pues hasta los accidentes de la geografía y el clima, influyen de manera segura en la educación del hombre.
Ha habido épocas en que orgullosamente hemos proclamado los avances patrios en materia de educación nacional. Y sin embargo, pasada la euforia de las declaraciones o el engolosinamiento con que hemos contemplado nuestra propia obra, ha quedado una realidad que podríamos expresar por una detonante mancha roja que abarca todas las tonalidades del rojo y esa mancha no haría sino las veces de una voz que nos gritara; ¡El problema educativo no está resuelto aún!, ¡El problema educativo no está resuelto aún! Este grito podría empujarnos por dos caminos distintos.
Taparnos los oídos, cerrar los ojos y proceder a repetir mentalmente: No es verdad, el problema está resuelto, lo hemos resuelto nosotros en la medida de nuestras posibilidades. No se puede hacer más de lo que hemos hecho. Nadie está obligado a hacer lo que está fuera de toda posibilidad. Esas voces que gritan son los agitadores de siempre, son los descontentos de siempre, son los que quieren humillarnos, los que quieren obscurecer nuestra labor... No es verdad, no es verdad, están mintiendo. Nosotros hemos resuelto el problema educativo de acuerdo con nuestra realidad...
O bien: estudiar a fondo el grave problema, abarcar todos sus aspectos y CON MANO FIRME tomar las medidas necesarias para resolverlo en su integridad advirtiendo obstáculos y dificultades pero proponiéndose no sólo vencer obstáculos y dificultades sino sólo organizar al pueblo para barrer con esos obstáculos y esas dificultades.
Hasta ahora, hemos seguido el primero de los caminos. Nos ha faltado decisión, a mi juicio, para seguir el segundo. México ha elaborado una completa teoría educativa para todos los aspectos que presenta el problema de educar al hombre. Pero han ganado la pelea las urgencias del momento, los imperativos políticos de la hora, imperativos políticos en el sentido del oportunismo y nada más y México, cuando empezaba a ascender gloriosamente por los senderos de la educación integral del hombre, ha retrocedido porque hemos tenido miedo de nuestros propios pensamientos, de nuestras justicieras ideas. Y hemos vuelto las espaldas al futuro y nos hemos refugiado en un conformismo estéril por mil títulos. Estéril pero propicio para alimentar vanidades y falsas grandezas.
De unos años a esta parte se ha acostumbrado aplastar la mente de los lectores de periódicos, de los radioescuchas o de los televidentes, con cifras astronómicas, con menciones de millares, de decenas, de centenares de millares de esto y aquello, de lo de allá y de lo de más allá… El hombre del agro y de la calle han escuchado y cuando la realidad ha llegado a tocar las puertas de sus conciencias, el hombre del agro y el hombre de la calle han sentido que algo se rompió dentro de ellos: su confianza en unos hombres que estando obligados a decirle la verdad, quieren conformarlos con mentiras. México se ha dicho, gasta tres millones o más de tres millones de pesos cada veinticuatro horas en educación pública. La cifra es tremenda, única en la historia de la educación mexicana: MÁS DE TRES MILLONES DE PESOS CADA DÍA. Sí, más de tres millones para escuelas, maestros, becas, internados, libros, equipos científicos. Pero cuando el hombre de la ciudad y el hombre del campo quieren inscribir a sus hijos en lo jardines de niños, en la escuela primaria o en las escuelas secundarias y hasta en las superiores, hombre del campo y hombre de la ciudad se encuentran con una amarga verdad, por cada niño que se sienta en los bancos otro se queda afuera... Y eso no es lo más terrible. Lo más terrible es que los mexicanos TODAVIA no sabemos COMO SE GASTAN esos tres millones diarios ni cuáles son lo resultados que se obtienen...
Lo importante no es gastar tres millones o más en educación pública, eso nada más por parte del Gobierno Federal, sino que el pueblo mexicano sepa qué resultados producen esos millones aplicados a la educación. Debe ser así porque, a mi ver, mientras el pueblo no participe de manera activa y directa en su propia educación; no ayude, no colabore de manera sistemática y entusiasta en la obra de educarse, los resultados de este trabajo irán siendo cada vez más inferiores, cada vez más indignos de la Nación Mexicana. Indignos no por su falta de dignidad en un sentido puramente ético. Indignos porque no corresponderán ni a los esfuerzos de un país pobre ni a la magnitud de los problemas de un país subdesarrollado, como se expresa ahora el eufemismo del nuestro, recibió como herencia junto con la herencia de su libertad. Por todos los rumbos de la Patria se alza ahora un profundo descontento para los resultados, en general, del funcionamiento de nuestros sistemas educativos. Descontento que se genera a veces en lo que menos importancia tiene, pero que expresa una justa actitud nacional porque, si hemos de ser sinceros, habremos de reconocer que derrochamos el dinero y el esfuerzo. Lo derrochamos porque ni la niñez ni la juventud obtienen de nuestros sistemas educativos el provecho que debieran. Por el contrario, en algunas de las ramas de nuestra educación nacional, tal parece que los objetivos a alcanzar no son los de su educación sino, precisamente, lo de su deseducación: las escuelas, los internados, reciben a los jóvenes con las actitudes positivas que les dan sus hogares y no sólo no les dan nada positivo sino que favorecen la pérdida de los buenos hábitos, de la buenas actitudes frente a la vida que sus padres, empíricamente, les habían formado.
Hace muchos años, en 1944, publiqué “La Batalla por la Cultura”, libro que una vez terminado, despertó en mi cabeza multitud de esperanzas. Creí que, como alguna vez me dijo uno de los más destacados militantes del sindicalismo magisterial de Sur América, llegaría a ser el libro de cabecera de todos los que, preocupados por la resolución de los problemas educativos de México, habría necesariamente que entregarse al estudio del problema. Pretendía con ese libro— y esa ambición era, desde luego, una desmesurada ambición—, que “La Batalla por la Cultura” fuera una voz enérgica que ayudara al pueblo mexicano a ponerse de pie para que luchara por la resolución no sólo correcta sino justa, de sus problemas culturales. A mi ver en aquellos años y ahora todavía, el problema de la cultura popular no puede resolverse con independencia de los demás problemas que constituyen el nudo gordiano, repitiendo la cita manida, de nuestro vivir. Mientras México sea un país en constante descapitalización en beneficio sobre todo, del imperialismo yanqui; mientras en México la distribución del ingreso nacional se realice como hasta ahora; de cada cien pesos cuarenta y dos son para empresarios y capitalistas en general y 47 centavos para los trabajadores; mientras en México subsistan los modernos latifundios, los casa tenientes eleven a su capricho las rentas de sus casas y los bancos cobren los intereses usurarios que cobran; mientras los precios del mercado nacional vayan en constante elevación y los salarios de los trabajadores se elevan en proporciones mínimas frente a las constantes alzas; mientras nuestro cine sea junto con nuestro llamado teatro, con la televisión, el periodismo mercantilista y el llamado arte de la canción, como son ahora, los problemas educativos de México no podrán resolverse en toda su plenitud. Si las empresas norteamericanas se llevaron como ganancias, mil millones de pesos mexicanos en 1955, justo es pensar que mientras el país esté en manos de banqueros, comerciantes e industriales imperialistas, no tendremos dinero para resolver nuestros problemas de educación de la niñez, de la juventud y de los adultos mexicanos.
“El Enredo” aspira, por lo mismo, a convertir el problema de la educación pública mexicana en un problema de verdadera raíz popular. Si es verdad que tal intención fracasó con “La Batalla por la Cultura”, “El Enredo” recoge la intención fallida y pretende revivirla al intentar llegar a las masas de maestros mexicanos y —¿por qué no?— a las masas de trabajadores. En tanto que los problemas educativos sólo sean motivo de discusión y apasionamientos para pequeños grupos así sean muy selectos por su sabiduría y su patriotismo, no serán resueltos porque, cuando más tendrán a su disposición los recursos del Estado —siempre pequeños en relación a las necesidades—, y la fuerza, también del Estado, infinitamente pequeña en la tarea de someter, encauzar y utilizar todas las poderosas fuerzas que ahora se alzan para evitar que los ideales educativos de México se cumplan.
Dicho de otra manera: mientras cada padre de familia, cada joven, cada niño, no tengan plena conciencia de la realidad mexicana en materia educacional, los graves males que ahora padecemos en esta materia no podrán ser corregidos. Hasta ahora la Secretaría de Educación ha convocado a sus técnicos y dirigentes, Directores Generales, Inspectores Generales, Directores de Educación, Inspectores Escolares de Zona, más técnicos de diversas especialidades se han reunido y han estudiado nuestros problemas educativos y después de estudios superficiales o profundos, los males no solamente siguen sino que, así lo parece, en la medida en que más se derraman las palabras ya orales, ya escritas, tal pareciera que las tales palabras que pretenden resolver nuestras dificultades, sirvieran como abono pues los males no sólo persisten sino que se diversifican haciéndose cada día más agudos. Hay ramas de la educación nacional que, hecho reconocido por los maestros como organismo sindical y por las propias autoridades, están atravesando por una verdadera crisis con todas las características que un estado de crisis tiene: desorganización, resultados negativos, pérdida de la autoridad, relajamiento de todos los aspectos de la disciplina, temor en los maestros, duda constante, zozobra y temor del magisterio frente a las actitudes levantiscas, insolentes, majaderas, de los jóvenes. Esta crisis alcanza hasta las más altas autoridades del país que, frente a situaciones concretas, ya no saben ni siquiera cuál es la actitud correcta a adoptar.
Una ola de desorganización sacude a las instituciones educativas posprimarias mexicanas, sobre todo a las que dependen del Gobierno Federal. No se tiene la menor consideración para los esfuerzos del Estado que, en último trance, materializan lo esfuerzos del pueblo, para ayudar a la niñez y a la juventud en el empeño de vivir dentro del mundo de la cultura. Ni jóvenes ni padres se han colocado en la posición justa en que debieran. Una tremenda falta de comprensión caracteriza a los factores del hecho educativo ya que, además no sólo son los muchachos lo que dan muestras de una muy viva falta de comprensión de sus deberes y obligaciones; hay, para nuestra desgracia, un alarmante número de maestros cuyo número aumenta día con día, que carecen de sentido profesional y viven a mil leguas de entender el papel que juegan como educadores de la juventud y de la niñez en el momento actual que vive México. Hay aún más, buena parte de la ola de corrupción que hoy azota a muchas de nuestras instituciones educativas está generada precisamente en la existencia de un magisterio del todo inadecuado para las altas funciones a que está destinado.
Tal vez por esta o por otras razones, cuantas veces el Estado toma medidas para orientar nuevamente en sus funciones al sistema educacional de México, para hacerlo crecer en todos sentidos, el Estado fracasa como, hasta ahora, ha fracasado. A veces vienen los dilettantis de la educación para elaborar “teorías” y asumir posturas de salvadores. Pero posturas y “teorías” nada resuelven. El problema de educar al pueblo resiste tales posturas y tales teorías y mantiene, tercamente, su cuerpo cubierto de espinas y de agresivas púas. No hay por donde tocarle. Apenas se extiende la mano cuando ya la piel sangra y la mano se encoge. Así sucede que posturas y “teorías” apenas si son útiles para que los periódicos y otros medios de publicidad hagan una propaganda demagógica que, no por serlo, deja de ser cara y bastante cara, por cierto.
Todo lo anterior nos lleva a pensar que se necesita de la participación del pueblo entero en la resolución de TODOS lo problemas que, en su conjunto, constituyen el problema de la educación de los mexicanos. Mucha gente padece una ceguera muy natural por cuanto no ha vivido, jamás, en contacto con el pueblo. Niegan, llegando hasta las manifestaciones de la más aguda neurosis, capacidad a los obrero para participar en la resolución de los problemas educativos. Una experiencia modesta pero positiva, nos permite afirmar que tal posición es completamente injustificada y se origina en la enfermedad intelectualista que padecemos.
Los que hemos vivido siempre trabajando y hemos hecho partícipe: en las empresas educativas que nos han sido confiadas, a los jóvenes y a los padres de familia, así como a todos lo colaboradores que la organización de las instituciones nos deparó, sabemos de qué manera tan eficaz contribuyen padres y madres, jóvenes y maestros, para la resolución de situaciones contrarias a la buena marcha de la educación. Males que duraron años y años y que en otras escuelas siguen viviendo, conseguimos acabarlos con la sistemática participación de los padres, los jóvenes y los maestros, en todos los aspectos de la vida escolar.
Por eso “El Enredo” aspira a provocar un clima nacional favorable para que el pueblo entero tome en sus manos el problema de su educación. La ambición es mucha y exagerada puede parecer nuestra esperanza pero así como, después de “La Batalla por la Cultura”, oficialmente empezó a hablarse de problemas cuantificados, esperamos que, también, oficialmente ahora se trate de atender un problema que, hasta ahora, sólo se había atendido tímidamente, de manera precaria. Me refiero a hacer participar a los papás en todos los problemas educacionales del país.
La Educación Mexicana no volverá a alcanzar los ya idos días de la llamada época de oro hasta en tanto no vuelvan a volcarse sobre escuelas, jardines de niños, institutos y universidades los ríos de entusiasmo popular que se volcaron en los años de 1920 a l940. Desdichadamente todo se burocratizó y, además los técnicos cometieron el crimen de segar en flor la patriótica intención que el pueblo tenía de participar en la vida educativa nacional.
Llenos de mal herido orgullo, “los técnicos” le hicieron ver al pueblo su ignorancia y su falta de capacidad para participar en graves y delicados asuntos. Hicieron de la educación un arte sólo para iniciados, una ciencia cuya posesión sólo les es dable a los escogidos y corrieron al pueblo de una obra que, con su ausencia, con la ausencia del pueblo, volvió de nuevo a languidecer, a tornarse anémica y no sólo enfermiza en cuanto a su aspecto físico sino enfermiza desde el punto de vista moral, que es lo más grave. Pero los “técnicos” le ganaron la batalla al pueblo y ahora la participación de padres y madres, de jóvenes y de otros adultos no especializados en la ciencia de educar, sólo es motivo de generosos discursos o de persuasivos artículos. En la práctica el pueblo se hizo a un lado. Abandonó su actitud de entusiasta cooperador porque los “técnicos” lo convencieron de algo que el pueblo no sabía y por ello tuvo la audacia de dar todos sus empeños para que la cultura nacional se desarrollara vigorosamente durante los veinte años que van de 1920 a l940. Pero el pueblo convencido como está ahora de su ignorancia, de su falta de capacidad para participar en la obra de la educación nacional, no mantiene resentimiento, no; pero sí tiene una profunda desconfianza hacia los excesos del burocratismo y la cada día más resplandeciente de sabiduría, una sabiduría perfectamente inútil por cierto, de que “los técnicos” hacen gala.
Urge, pues, cumplir una tarea. La de volver a revivir en las grandes masas populares y en las masas del magisterio mismo, la vieja mística que lo llevó a hacer de la educación mexicana un tipo de educación que resultó ejemplar en el mundo. “El Enredo” está destinado a empujar en el cumplimiento de esa tarea. Porque la juzgamos de la más alta trascendencia por cuanto que, en la medida en que no se cumpla, la educación nacional seguirá siendo una gran mancha roja sobre la superficie de la Patria. Claro que necesitamos guías, necesitamos organización. Necesitamos especialistas que organicen y dirijan nuestro trabajo educacional. Sería tontería el negarlo. Pero, al mismo tiempo, necesitamos a un pueblo entusiasmado empujando vigorosamente para alcanzar todas las metas que nos hemos fijado, para satisfacer las siempre crecientes necesidades que una población cuyo ritmo ascendente no podemos detener; nos plantean. Líbreme Pestalozzi del pensamiento que pueda suponer que quiero arrumbar a los profesionales de la enseñanza y convertir ésta en tarea de empíricos y de improvisados. No, lo que quiero significar es que en la experiencia de nuestra República existe la necesaria para justificar plenamente que la colaboración entusiasta del pueblo rinde los más sabrosos y abundantes frutos.
Por ejemplo: antes de que existiera el llamado Comité Administrado para la Construcción de Escuelas, las manos de los campesinos, ejidatarios y pequeños propietarios, llenaron la superficie del país con miles y miles de edificios, con teatros al aire libre, con gallineros, porquerizas, campos deportivos, casas para el maestro, pequeñas plantas de luz eléctrica. Fue así porque el pueblo sentía que la obra de educar al pueblo no era obra exclusiva del gobierno o de los maestros SINO TAMBIEN SUYA. Y con el mayor entusiasmo dieron cuanto pudieron para resolver un problema que era el problema de sus hijos, pero se burocratizó el renglón de las construcciones. Nació un comité que controló todo y que hizo los milagros de construir con el triple, y hasta el cuádruple del costo, lo que los campesinos y obreros construían y el pueblo se dio cuenta de que el tal Comité creado en los días de euforia de la prosperidad alemanista, no era más que para eso: para justificar las ganancias de burócratas y de contratistas. Porque si usted le busca, en el fondo no había tal sentimiento patriótico de construir escuelas sino el cochino deseo de hacer dinero explotando, claro está, la generosidad y la justicia que hay en el acto de construir una escuela. Tenemos comprobaciones a montones de esto, el pueblo lo ha visto con sus ojos y palpado con sus manos para que, todavía tengamos que justificarlo...
Así como en este sucedido, pasó en todo lo demás. A fuerza de desilusiones, a fuerza de repudios, el pueblo se alejó; dejó a los burócratas un problema que ahora si acaso les llena los bolsillos, la verdad es que les quema las manos. Pero nosotros, los hombres de buena fe, queremos al pueblo de pie, entusiasta y dinámico, trabajando junto con el gobierno, trabajando junto con los maestros, para resolver el grave problema de darle a todo el pueblo mexicano acceso a las fuentes de la cultura, de una cultura que le permita no sólo vivir en su tiempo y adquirir la formas de conducta hogareñas, públicas y de trabajo, que lo eleven en el más alto sentido de humanidad y que, al mismo tiempo, nos permitan crear de una vez para siempre el profundo, el más profundo sentido de la nacionalidad porque sólo así y nada más así, México llegará a ser una fuerte y respetada Nación entre todos los pueblos de la tierra.





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