miércoles, diciembre 10, 2008

 

EL PERRO DE LA AUTOPISTA

Sólo irreflexivo amor hay detrás de la acción en la que un perro trata de jalar a otro recién atropellado en la autopista Vespucio Norte de Santiago, capital de Chile; el extraño héroe ya no iba a lograr nada, salvo que a su congénere lo remataran más neumáticos; la escena, sin embargo, queda allí, lista para el consumo masivo y las moralejas exprés.
En un mundo donde cunde la antisolidaridad, o donde el que se solidariza con los desvalidos busca al menos la reciprocidad de la buena prensa que (está seguro) merecen sus acciones, puede servir de ejemplo el caso de ese perro anónimo que sin más, movido sólo por su instinto, entró al tráfico de una autopista para ayudar a otro sin un átomo de interés en ser mundialmente reconocido como “héroe”.
La verdad que es extraño ese video.
Lo que allí se ve es la solidaridad en estado puro, tan puro que ni siquiera se puede expresar dentro del mismo perro en términos abstractos.
El animal fue movido por una fuerza que no demandaba recompensa ninguna.
Incluso si lo localizan, ignorará que la humanidad lo vitorea por lo que hizo en la peligrosísima autopista.
Su gesto es de una pureza tal que es imposible construirle un fondo, un sentido.
Es más o menos claro que el perro intuía la amenaza de los coches, y por eso hizo lo que hizo, evitar que las moles en movimiento, los coches, golpearan más al perro ya lastimado y quizá muerto sobre el asfalto.
Ese raro video ha motivado elogios al perro heroico, y no pocas personas comprueban con él que algunos animales son capaces de mostrar gestos de solidaridad que más bien son característicos en el ser humano.
La escena permite, creo, aproximarnos a la reflexión sobre la solidaridad construida con una óptica venal.
Quiero decir que, como sabemos, muchos de los actos de desprendimiento que conocemos gracias a los medios parten de un interés múltiple:
el hombre da para recibir algo a cambio.
Parece que no es practicado el acto de dar sin mayor interés que el de dar.
A casi todo acto de solidaridad se le busca raja:
una placa, deducciones ante la hacienda pública, publicidad.
La mano izquierda se entera y hace difusión de lo que da la mano derecha, como si el propósito de la solidaridad no fuera llanamente ayudar al desvalido, sino obtener algo a cambio.
Por eso afirmo que la heroicidad (si así se le puede llamar) del perro es cabal.
Su motor no tiene más propósito que el de ayudar al otro en desventaja.
A él no lo movió el qué dirán, ni el cuánto va a obtener en materia de imagen, ni cómo va a deducir ante hacienda su contribución al bienestar.
Hizo lo que hizo porque sí, vacío de usufructos ulteriores, lo que contrasta con la depravación de la solidaridad que ahora vemos:
dar algo a cambio de reconocimientos casi pedidos a gritos, convertir al humanitarismo en moneda de transacción que a todas luces resta mérito, o al menos contamina de intereses mezquinos, al hecho de dar.
Finalmente, el hombre no parece ajeno a la ganancia, al dando y dando.
Por ello, quizá es mucho pedir que si va a dar, que sea en silencio, con el sacrificio de sus bienes, sí, pero también de su buena imagen de benefactor, es decir, en el anonimato pleno, casi como si fuera un perro que salva a otro en una autopista de Santiago.
Terminal
En nuestra gustada sección “Test ciudadano”, va:
acabo de estar en Guadalajara. Sentí con lástima que varios puntos de esa hermosa ciudad casi compiten con La Laguna en inmundicia.
Pensé en una encuestita: ¿qué siente usted al ver a alguien tirando sin pudor una lata, una botella de plástico, una bolsa de frituras o algo así en la calle? A) Alegría; B) Indiferencia; C) Impotencia; D) Deseos de advertirle que eso estuvo mal; E) Ganas de partirle su madre. Mi respuesta se extravía entre “C”, “D” y “E”.





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