domingo, febrero 03, 2008

 

EN EL OIDO

Juan Noé Fernández Andrade
En el primer mes del año ya sucedieron ocho ejecuciones, tres suicidios, tres amenazas de bomba, más de una docena de personas fallecidas en accidentes automovilísticos, dos intentos de "levantones" y secuestros, una fuga de amoniaco, reinicia la suma de mujeres golpeadas, robos, riñas de pandillas…
El escenario de violencia en la Comarca Lagunera de Coahuila y Durango no aguarda un año mejor que los pasados. Su recrudecimiento está tornándose realmente peligroso para la estabilidad social de los habitantes de la región. Hasta el momento, nada detiene estas expresiones de resquebrajamiento social. A nivel de mafia o de delincuencia amateur, este tipo de arrebatos y de brusquedad en La Laguna parece que empieza a tomar carta de naturalización. Lo peor es que empezamos a ver y observarlos como parte imprescindible de la convivencia cotidiana.
De nada han servido, por lo que se ve, los millones y millones de pesos que los gobiernos municipal, estatal y federal canalizan (al parecer inútilmente) al renglón de seguridad pública. Desde el ejido más olvidado y marginado, hasta la urbe más cosmopolita, la violencia cobra más víctimas, la mayoría de las veces inocentes. Ante cada hecho delictuoso, ante cada muerte, la autoridad poco puede hacer. El hecho de que las cárceles estén sobrepobladas no es reflejo de eficiencia policiaca; es un hecho que en los centros penitenciarios aplica aquello de que "ni están todos los que son y ni son todos los que están". Algo está pasando.
El país y La Laguna están en guerra. La guerra literalmente es civil. Los enfrentamientos están en las calles, en los zócalos, en bares y cantinas, en restaurantes, en discotecas, en salones de baile, en estadios deportivos, en espacios universitarios, en las carreteras, en ranchos, ejidos, colonias precaristas, de clase media y alta. Los tribunales están atestados de gente que opta por otras vías; los congresos de la Unión y locales son foros también de confrontación, no menos descarnados; las luchas sindicales no cesan. ¿Es el caos? Algo está pasando.
El antagonismo está vitalizado, la lucha es fraticida y no se ve por dónde la situación de violencia formal e informal pueda aminorar o combatirse con probabilidades de éxito. La condición humana es frágil. Para algunas personas no hay nada que hacer, la lucha está perdida y responsabilizan a los situados en lo más alto del poder político y económico.
Corrupción, deshonestidad, ambición, desequilibrados, inconscientes, irresponsables, injustos, inhumanos, desadaptados, grilleros, son algunos de los calificativos recogidos para señalar a quienes pudieran ser, en parte, los responsables directos o indirectos de este problema que a todos nos envuelve en su vértigo.
No creen en el discurso oficial. No creen cuando la autoridad se muestra indiferente ante lo que sucede. No creen cuando no hay respuesta eficaz e inobjetable al crimen organizado y desorganizado. No creen en que Torreón pueda tener "la mejor Policía del norte de México" cuando sus elementos pasan día y noche por sus cuotas en expendios y misceláneas para que sigan vendiendo alcohol fuera del horario establecido. No creen ante la inoperancia de todos los mecanismos puestos en marcha para combatir el mal y la maldad. No creen en nada.
La guerra civil, urbana, pues, está cobrando más víctimas. Hay venganzas, ajusticiamientos, pago de cuentas, tiros de gracia, ejecuciones. E indolencia. Algo está pasando aunque parezca que nada pasa. La espiral de violencia sigue cobrando fuerza. ¿Podremos detenerla más allá de las palabras?





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