sábado, octubre 20, 2007

 

EL GENERAL


Rosario Robles
A propósito de la verborrea (que no es ninguna novedad) de Vicente Fox en los días recientes, mucho se habla sobre la regla no escrita que establece que los habitantes de Los Pinos, una vez que dejan el cargo, están condenados al ostracismo y al silencio. Esta pauta impuesta por el régimen priista, en el que presidente en turno decidía por dedazo quién sería su sucesor, no tiene ningún sentido en el México actual. Es bastante debatible que quienes han tenido la responsabilidad de gobernar un país no puedan opinar más como si sus derechos ciudadanos estuvieran cancelados. El asunto, desde una perspectiva democrática, no puede ser de ninguna manera la mordaza para quien ha portado la banda presidencial. Pero todo este debate se oscurece por la frivolidad y falta de estatura política de Vicente Fox. Porque, al igual que cuando era presidente, se sigue conduciendo con una gran torpeza, demostrando ignorancia y la falta absoluta de una visión de Estado. Ahí está en gran medida el problema, porque en otros momentos de la vida política del país, hay ex presidentes que han opinado y realizado incluso un activismo político que lo único que hizo fue refrendar su condición de consentidos en el imaginario popular. Tal es el caso del general Lázaro Cárdenas, cuya memoria viene a la mente precisamente porque en este 19 de octubre se cumplieron 27 años de su muerte. Considerado el presidente más popular del siglo veinte, Lázaro Cárdenas lejos de irse a su casa después de ocupar la silla presidencial y realizar una gran obra al frente del gobierno, aceptó con toda humildad el encargo de vigilar y defender el litoral del Pacífico en el contexto de la segunda Guerra Mundial. Posteriormente, fue vocal de la Comisión de la Cuenca de Tepalcatepec, periodo en el que formuló diez puntos que sintetizaban su pensamiento, y en los que destacaba su visión republicana, austera, nacionalista, así como su compromiso con la igualdad y una justa distribución de la riqueza. Es justamente esta congruencia la que lo lleva a solidarizarse con los movimientos libertarios de algunos países, particularmente de Latinoamérica. Rompió el silencio para expresar abiertamente su respaldo a las luchas, entre otros, de los pueblos guatemalteco y boliviano y, en especial, a la Revolución Cubana. No podía ser de otra manera para alguien que pensaba que todos somos servidores de las causas de la libertad, la democracia y el progreso, y que sólo la justicia social garantiza la paz y la felicidad humana. Por ello, no dudó en manifestar su rechazo a la invasión de Playa Girón, y al participar en una manifestación masiva de apoyo a Cuba llamó a concretar un esfuerzo de organización de tal envergadura que demostrara la fuerza moral de los pueblos latinoamericanos y su capacidad para defender a la isla caribeña. Durante todos esos años, el general Cárdenas sostuvo los mismos planteamientos, en un mundo convulsionado por los esfuerzos de liberación de una diversidad de naciones. Para el michoacano, la paz estaba ligada indisolublemente a la defensa de la soberanía nacional y la emancipación económica. Por ello, era necesario enfrentar al imperialismo norteamericano a partir del fortalecimiento de los lazos de amistad entre los pueblos de América Latina con el objetivo de liberar nuestras fuerzas productivas, ampliar las posibilidades de desarrollo… y contribuir eficazmente a la paz en el hemisferio y en el mundo. Ese fue siempre su compromiso indeclinable y para ello puso en juego todo su prestigio y autoridad moral. Su ejemplo demuestra que es falso que un ex presidente esté obligado a callar, siempre y cuando su voz esté asociada a la defensa de causas que son de la mayoría y que nada tienen que ver con asuntos personales y frivolidades. Ahí está la diferencia. Por eso Lázaro Cárdenas es querido y está grabado en el imaginario colectivo. Porque su pensamiento, pero sobre todo su obra, han trascendido más que las calles grabadas con su nombre y todas sus estatuas, ninguna de las cuales por cierto ha rodado por los suelos al estilo Sadam Husein.





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