jueves, junio 21, 2007

 

YERBA MALA

Jaime Muñoz
En el principio (de los ochenta) fue Menudo, grupo puertorriqueño que llenó toda una época de cursilería con mucho acné en el rostro. Luego, al segundo día, una quinteta de mozalbetes comenzó a pulular en España: Parchís, corro de cinco mocosos que pese a sus dientes de leche hicieron las delicias de propios y —por supuesto, cómo no acatar el lugar común— extraños. Al décimo tercer día, cuando la formulita ya había probado su éxito, en México, país en el que siempre copiamos la escoria con demora y servilismo, nacieron dos grupos de cuyas rolas no quiero acordarme: Fresas con crema y la Superbanda (sic entrecomillable) Timbiriche.Este rapto de antinostalgia viene a colación (siempre que digo colación me acuerdo de unos dulces horribles que daban cuando “adorábamos” al niño dios) porque en el canal de las (barras y las) estrellas vi un promocional sobre la temible reaparición/reencarnación de ese grupo organizado por Luis de Llano, amo y señor de la fruslería televisiva en nuestro país. Supe que hace poco reiteraron con éxito un regreso al Auditorio Nacional; supe que miles de cuarentonas les aplaudieron hits como “Corro, vuelo y me acelero”; supe que en síntesis hicieron lo que ya es costumbre con las momias que antaño fueron ídolos del pop juvenil: juntarse, arrojar mendrugos de nostalgia a sus también avejentados/as fans (recordemos el caso reciente de los Creedence apócrifos que vinieron a La Laguna) y ganar un platal.Pero ni antes ni después, ni nunca, ni juntos o separados, ni con mucho gel ni con pelo alaciado, esas estrellas nuestras tuvieron algo de originalidad y talento. Fueron copias, productos del mercado más venal, grandes ideas (ideotas) de De Llano. Timbiriche, el grupo que hoy amenaza revivir gracias a la sobrexplotación de clichés ya probados y gracias a la manga ancha de un público más pasivo que una piedra, es un ejemplo redondo de ñoñez y frivolidad. Un simple vistazo a sus integrantes originales nos revela que la mercadotecnia puede hacer milagros: ahí está Paulina Rubio, la chica dorada, una pobre muchacha que no tiene voz ni para cantar en Aficionados norteños. O Thalía, quien nunca pasará de ser la nalguita deliciosa que se agenció, para envidia del respetable público pobretón, Tommy Motola. O Erik Rubin, un rockero supuestamente gruecso, con voz de arena, pero más rosa que Hello Kitty. O Diego Schoening (o como se escriba), el trompudo que gritaba ¡ouooooo-ó! y que terminó su vida “artística” anunciando detergente ACE. En fin. Televisa amaga con reciclar esa basura. Pensé que RBD era la peor, lo más bajo. Ya veo que otra vez me equivoqué.





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