domingo, diciembre 07, 2008
EL CLISERIO DE ANTONIO RODRÍGUEZ
Antonio Rodríguez es sociólogo, músico y escritor. Nació en Torreón, en 1977.Es, como su hermano gemelo Vicente Alfonso, un estuche de cualidades.
El año pasado recibimos con enorme gusto la noticia de que ganó el premio nacional de teatro infantil convocado por el INBA en coordinación con el Teatro Isauro Martínez.
Un año después, hace unos días apenas, Antonio presentó en el DF el libro ganador ya publicado.
Y logró algo que parecía imposible:
Convencer a Saúl Rosales para que viajara a la capital y dijera unas palabras sobre El vuelo de Cliserio, que es el título de la obra.
Amablemente, Saúl me ha compartido sus palabras de presentación.
He aquí un fragmento:
Un pasaje clave en El vuelo de Cliserio, obra de teatro para niños escrita por Antonio Rodríguez, es aquel donde el protagonista Cliserio le presenta a su amigo López el cliserióptero, artefacto que está construyendo para elevarse y hendir los aires igual que los aviones y las aves.
El cliserióptero no es más que una bicicleta vieja erizada de alambres y emplumada con hojas de maíz pero es la materialización de una potente aspiración del protagonista, campesino de 17 años de edad.
Este par de características, adolescente y campesino, le pertenecieron en la realidad a Cliserio Reyes Guerrero, quien en octubre de 1950, en el aeropuerto de Torreón, Coahuila, abordó un DC-3 para satisfacer su sueño de ir por el aire en un avión...
Sólo que lo hizo de “mosca”, es decir, abrazado al fuselaje.
Ahora no me imagino al Cliserio real erguido, desafiando al viento como la Victoria de Samotracia con un pie victorioso en donde nace el empenaje vertical de la cola de la nave, la rodilla doblada hendiendo el viento y con una mano asido a lo alto para elevar su pose heroica; más bien lo veo acostado sobre el empenaje horizontal de la cola, agarrado al borde de ataque y ondeando al frío viento del otoño semidesértico de la comarca lagunera.
El momento en que el protagonista presenta el cliserióptero es clave en la obra porque sus consecuencias permiten ver que los anhelos, los sueños, no se pueden construir o materializar si quien los quiere convertir en realidad no posee los medios apropiados para hacerlo.
Una realidad se construye con el conocimiento suficiente, las herramientas precisas y los materiales necesarios.
En El vuelo de Cliserio el protagonista creado por Antonio Rodríguez intenta construir la realidad que pretende sólo con ingenuidad rústica. Esto no demerita en nada la calidad literaria justamente valorada por los premiadores.
Lo tomo ahora porque el autor de la pieza teatral para niños que comentamos, Antonio Rodríguez, ha querido mostrar el valor estimulante de los sueños y paradójicamente ni en la realidad Cliserio Reyes construyó su sueño, ni en la obra el protagonista construye el suyo.
Trataré de decir el por qué de esta afirmación.
Advirtamos antes que en el texto dramático Cliserio sí intenta la “construcción” en el sentido material, y el resultado de su intento es el artefacto de tubos, alambres y plumas, sin embargo es una realidad fabricada con puerilidad campesina y no con rigor tecnológico —rigor en el sentido de autoconciencia—.
De ese modo, para lo que sí funciona el cliserióptero es para el efecto escénico y el mensaje didáctico.
El fracaso de su artificio no desencanta al protagonista, sólo lo lleva a confrontarse con la profundidad de su anhelo.
En lo hondo de sí mismo, un sí mismo representado en el escenario por el personaje llamado Serioclis, Cliserio encontrará que su aspiración es legítima y estimulante.
Inducido por Serioclis, Cliserio conquista lo soñado no con habilidades y conocimiento sino con apego a su aspiración.
Igual sucedió a Cliserio Reyes Guerrero en la realidad de 1950.
El pero, entonces, es que la-conquista-del-sueño ocurre no mediante la “manufactura” transformadora, sino por la ingenuidad afortunada.
En la obra, como en la realidad, con puerilidad campesina y temeridad voluntariosa Cliserio se monta en el DC-3 y lo increíble de la hazaña le acarrea el —usaré una palabra prestigiada por la burocracia— recurso suficiente para la-consumación-de-su-sueño.
Se premia la fidelidad al sueño, no la edificación del mismo.
He querido comentar lo del Sueño —pongámosle mayúscula para significarlo como deseo, ilusión, aspiración, anhelo y términos de valor semejante que se pueden encontrar en herramientas-idioma-sinónimos—, porque en los párrafos introductorios de su obra el autor nos dice que el vuelo de Cliserio “y el florecimiento del desierto son metáforas que destacan la importancia de defender las convicciones, los sueños y los ideales individuales y colectivos”.
Con esas palabras nos coloca ante la valiosa aportación didáctica que plantea la obra. Son inescrutables los caminos de un dramaturgo para conseguir los deleitosos efectos estéticos.
El fracaso con su artefacto no lleva a Clis —apócope cariñoso con que su novia Atzimba nombra al Cliserio protagonista— al abandono, aunque sí –lo que le da fuerza literaria–, lo echa a las llamas de la duda.
Después de que su intento de volar en el cliserióptero se frustra escandalosamente ante Atzimba, otros personajes y gente del pueblo, vemos al protagonista en la soledad de un desierto de arena, cactos, un mezquite y un montón de arbustos secos, de esos que se convierten en esferas que el viento rueda (salsola kali).
El desierto podría ser la inmensidad árida de la impotencia para conseguir lo que pretende.
En esa soledad, Clis se encuentra consigo mismo.
“Sufre de alucinaciones.
” En el fondo del desierto se proyectan imágenes “que recuerdan la historia de la aviación”.
En el caos de la mente febril Clis se reprocha ser cobarde. Abandonó su sueño, su tierra y su gente.
En una escena semejante a la del Anfitrión, de Plauto, entra al escenario Serioclis para enfrentar-confrontar a Cliserio.
Es el alter ego donde se gesta el sueño, la ilusión o la aspiración, es donde hay que afrontar la duda y la crisis.
En un duelo de identidades en esa escena que como dije, recuerda aquella latina donde se encuentran dos Sosias, el criado de Anfitrión y el dios Mercurio que ha adquirido la apariencia de Sosia para ayudar a Zeus a yacer con Alcmena, Serioclis se calza unas alas como para refrescarle a Cliserio su anhelo de volar.